INCONCEBIBLE

Dos y cuarto de la madrugada, una típica tormenta del mes de mayo arrecia con fuerza sobre la ciudad. Parece mentira, llevo quince minutos de caminata y, en pleno siglo XXI, no hay ni rastro de los transportes públicos. La gabardina ya no puede contener más agua y siento la humedad resbalar por mi piel a su antojo. Sin duda, sería mejor refugiarme en algún sitio y esperar a que escampe; pero a estas horas será difícil encontrar algo abierto. Dicen que Madrid cuenta con más bares que el resto de Europa, pues por este barrio, ninguno ha debido plantearse en serio lo de trabajar la noche. Por suerte, unos pasos más adelante, justo en la esquina con la calle de Tudescos, un par de viejos faroles encendidos parecen querer rebatir esta afirmación. Llegado hasta ellos, descubro un viejo café situado en los bajos de un lúgubre palacio. Una llamativa torre acabada en un chapitel piramidal, junto a un frente gris y sobrio, dota al edificio de un aspecto bastante sombrío. Supongo que la noche y la tormenta ayudan mucho a verlo así. 

Llegado a la puerta del local, los empañados cristales desvelan a un hacendoso camarero barrer el suelo con sobrado desparpajo. Al percatarse, no vacila en apoyar la escoba en la pared y, gesticulando con la mano, me invita a pasar. Alegre de haber encontrado donde resguardarme de la incansable lluvia, me dispongo a entrar. En ese momento, un hombre envuelto en una capa negra me interrumpe el paso. Deteniéndose en el umbral de la puerta, se gira hacia el camarero y con expresión fuerte parece advertirle: “Si otra vez regresas, nunca podrás volver.” Sin tan siquiera mirarme, ni, por lo menos, agradecerme el gesto de sujetar la puerta, sale del café de forma precipitada, mientras se acomoda un elegante sombrero. A la vez, justo cuando el poco afable señor pasa por delante de mí, un ligero mareo me nubla la cabeza y una gélida sensación me recorre todo el cuerpo; estoy tiritando. La mala fortuna de no haber encontrado un taxi que me devolviera a casa pronto traería consecuencias. El enfriamiento, y con ello la siempre incómoda fiebre alta, parecía inevitable.
La voz del camarero instándome a pasar me devuelve a la realidad. Atento, me indica el perchero donde poder dejar la gabardina. Situado detrás del mostrador, no parece un hombre muy alto. El robusto aspecto de su cuerpo compite con la palidez reflejada en el rostro; en cambio, el tono de voz suena agradable. El salón está vacío; debemos estar solos. No lo tengo por algo habitual; no obstante, dado el panorama y el nivel sugerido por el lugar, me decido a pedir una copa de Arecha. El ron me ayudará a calentar los huesos.
Aun cuando la decoración del lugar está totalmente pasada de moda, le aporta un aire confortable. Por el contrario, el ambiente frío indica que no ha debido ser una jornada de mucha clientela. Es un café amplio: al final de la barra, una puerta da acceso a una sala de techo alto sujetado por columnas de hierro. Varios veladores de mármol, sillas de madera torneada y algún mueble de caoba completan la visión que se percibe desde el taburete en el cual me he sentado. Hay alguna estancia más; el reflejo de varios espejos dispersos por el salón así lo corroboran y resulta extraño el no ver a otros empleados trajinar por el local. A todo esto, esbozando una leve sonrisa, el camarero me sirve la copa. El alcohol vertido es del todo generoso. Este vaso de apariencia tan antigua y el uso todavía de servilletas de tela indican la apuesta por lo retro tomada por la gerencia del café. Aquí, desde luego, te sugieren una idea acerca de cómo era alternar en un pasado.
Fiel al tópico de aquellos bares, el barman se acerca con el fin de darme conversación. Frente a mí, comienza la labor haciendo referencia a lo funesto del incidente ocurrido en fechas anteriores. Él nunca se hubiera imaginado que algo así fuese a suceder en esa casa. Creía conocerlos muy bien. Desconcertado y tras pedirle disculpas por mi falta de información, le pido que me hable acerca de lo ocurrido; no tengo constancia de ninguna desgracia surgida hace poco. Mientras me acerca un cenicero, el cual resulta toda una sorpresa, pues ¡permiten fumar!, gesticula como si le resultase normal lo poco informado que estoy. De tratarse de un político o un artista de fama, asegura, la noticia continuaría siendo portada de todos los diarios. Pero la víctima no dejaba de ser el dueño de un simple café y esto no tiene tanto tirón. Consciente de lo poco útil del comentario, no duda en pasar a relatarme el acontecimiento desde un principio.
—Pues mire usted, caballero —comenzó a relatar—. El pasado dieciséis de mayo, la desgracia rondó este barrio. Cerca de las nueve de la mañana, una sirvienta la emprendió a gritos en el descansillo de la escalera: su jefe estaba muerto. ¡Alguien le había asesinado! Al parecer, según comentó la prensa, el homicida le dio una muerte horrible. Tras atarle las muñecas a los hierros de la cama, le introdujo unos trapos en la boca con el fin de impedirle gritar. Ya inmovilizado, solo tuvo que presionarle el cuello y el vientre para asfixiarle. Cuando la señorita Clara regresó de la compra, descubrió a Joaquín, su patrón, de semejante forma y sin vida. Él era muy conocido, vivía apenas a dos manzanas de aquí, y su local, aparte de ser un café popular en Madrid, es el preferido de las gentes del vecindario.
No tardaron mucho en hacer acto de presencia la policía, el delegado del distrito, el juez de guardia, el gobernador civil y, por supuesto, muchos curiosos venidos de todo Madrid. Al comprobar los hechos, el juez ordenó llevar a cabo una minuciosa investigación. ¡El asesino será arrestado de inmediato!, proclamaban muy seguros. Muchos fueron los preguntados y otros tantos los interrogados en comisaría con relación a este caso. Ese mismo día, se descartó el robo como móvil principal del crimen. Al encontrar el cadáver, un reloj de un valor considerable, una cadena de oro y unas setenta pesetas en monedas y billetes, continuaban sobre la mesilla del difunto. Además, del interior de un armario se extrajo una caja de caudales, en cuyo interior encontraron: unos pendientes, monedas antiguas de oro, un topacio de gran tamaño y un revólver. La posibilidad de un ajuste de cuentas pasó a ser la supuesta causa que llevó a cometer el incidente. Solicitado por el mismo juez, un cerrajero confirmó el perfecto estado de la cerradura del lugar del crimen; la puerta no había sido forzada. La portera del edificio sugirió la primera pista: alrededor de las ocho y cuarto de la mañana, declaró haber visto a tres hombres, con muy malas pintas, bajar por las escaleras. Influidos por esta declaración, la policía se decantó por investigar de quiénes se trataba. Días después, se procedió a la detención del hermano de la sirvienta, de dos amigos de este y de una mujer que siempre los acompañaba. Tres de ellos pasaron a disposición del juez; el cuarto, uno de los dos amigos, consiguió escapar. Al no hallar ninguna prueba incriminatoria, los hombres fueron puestos en libertad. La irrefutable coartada de la mujer detenida con ellos avaló su inocencia.
Los nervios comenzaron a hacer mella en la cúpula policial. Salvo un capuchón encontrado en la habitación y que, con suerte, pudiera pertenecer al asesino, de poco más se podía tirar. Sin embargo, un segundo registro de la vivienda de la víctima devuelve el optimismo. El hallazgo de una nueva pista da pie a un nuevo escenario. Todo hace pensar que el robo, como principal razón del suceso, se desestimó demasiado pronto. Cinco mil quinientas veinticinco pesetas en billetes aparecieron ocultas dentro del colchón de la señora Clara. Ahora, todas las sospechas se ciernen sobre la sirvienta. Varios de los investigadores que trabajan en el caso siempre se mostraron reacios a considerar un detalle indiferente: la ausencia de dinero dentro de la caja de caudales. Joaquín regentaba un negocio y, prácticamente, la compra de género se realiza a cualquier hora del día. Les chocaba que no tuviese nada de efectivo a mano. Después de varias horas de interrogatorio, la señora Clara es acusada de asesinato y trasladada a la cárcel Modelo de Madrid.
En un claro intento de exprimir la noticia al máximo, la prensa se encargó de sacar a la luz toda la vida de la sirvienta. Incluso, con el único fin de vender más periódicos, le achacan delitos totalmente ajenos a ella; se dijeron toda clase de barbaridades. Pasadas un par de semanas y ante la sorpresa de todos, el fiscal la dejaba en libertad argumentando falta de pruebas. Las disculpas se escucharon desde todos lados. El dinero encontrado, que ella juró y perjuró tratarse de sus únicos ahorros, no era motivo suficiente para juzgarla por asesinato. Nada la vinculaba al delito ni, tan siquiera, se la podía situar en la escena del crimen. El Estado cargó con la crispada opinión pública, generada a costa de otra detención errónea. El inspector principal fue reemplazado inmediatamente. Con todo ello, el tiempo pasaba, no aparecían más pistas, la prensa ya nada podía rascar de la noticia y los equipos de investigación parecían aburridos. En silencio, ajeno a todos, el caso fue archivado.
Nadie miró por Joaquín, ni nadie luchó por mantener viva la investigación y, por tanto, ¡nunca supimos quién le mató! El hecho de que su asesino fuese a quedar impune pasó inadvertido para la conciencia de jueces, de policías, de periodistas, etc. Tampoco ninguno de esos investigadores privados, siempre ávidos de fama, consintieron proseguir con la investigación. El caso se sentenció al olvido.
El rostro del camarero sugería estar demasiado afectado. Sospecho que algún tipo de relación existió entre el difunto y él. Vivía cerca; podrían conocerse o, incluso, ser amigos. Cuando yo ya daba la historia por terminada, el barman volvió a la carga. El gesto amable de un principio se tornaba distinto y sus palabras sonaban con un tono bastante más serio. Con el fin de rebajar un poco la emoción, ya del todo evidente en su voz, alega tener un pedido por apuntar y, rogándome le disculpe, se aleja hasta el final de la barra. La verdad, el tiempo muerto nos viene bien a los dos. Si bien estoy encantado, de hecho, me dedico a escribir sobre casos relacionados con el misterio y semejante asesinato tiene mucho de esto, me preocupa el cambio de actitud del barman.
El silencio se había apoderado del café. De repente, varios golpes seguidos rompen el sosiego. A duras penas, puesto que la caja de madera que porta con él casi no cabe por la puerta, un hombre pelea por acceder al local. Su apariencia asusta. Está demacrado y sus ropas dan fe de una prolongada indigencia. Ya en el interior, se acerca deprisa y, sin dejarme mediar palabra, me pide dinero. Necesita que le preste cuanto lleve, pues la caja contiene el cadáver de un bebé y carece de posibles para darle sepultura. Dispuesto a vaciarme los bolsillos, de nuevo, la voz del barman me saca del apuro. Ha recuperado la apariencia anterior y, con trato cercano, se dirige al hombre con el ánimo de calmarle. Responde al nombre de Luis y en sus ojos, hundidos bajo las órbitas, se palpa el tormento. Cuesta soportarle la mirada; aturde. Me siento nervioso y mis piernas han comenzado a temblar al escucharle murmurar algo que no consigo entender. Resignado, el hombre vuelve a reanudar la lucha contra la puerta; ahora, el objetivo es poder salir y marcharse. Desde luego, entre unas cosas y otras, el haberme empapado un poco más caminando hasta casa no hubiera sido para tanto.
Minutos después, el camarero, sin pedírsela, me sirve una infusión; por suerte, la tila que habitualmente tomo para calmar mis nervios. La tetera de metal de un marrón plateado y con evidentes marcas de uso está helada. Por el contrario, al destaparla, el agua sí tiene el color y el aroma de la tila. La bebo con tranquilidad; no obstante, me cuesta dejar de pensar en Luis y su dantesca situación.
Al verme más tranquilo, el barman pretende reanudar la conversación pospuesta. Aunque de haber podido elegir casi con toda seguridad me hubiese negado, me convenía conocer todo cuanto pudiese acerca de ese asesinato; sobre él se podría redactar un texto muy atractivo para las revistas y programas de misterio. La emoción ya no le ahoga; sus palabras fluyen con facilidad. El referido tiempo muerto le ha sentado de maravilla. En cuanto al suceso, se pone interesante. ¡Asegura saber quién mató a ese hombre y, de paso, conoce dónde conseguir una prueba para demostrarlo! Acabada la tila, necesito otra copa de ron con urgencia.
Según se refiere al fallecido, cada vez veo mejor la gran amistad que hubo entre ambos. Una camaradería tal que le permitió saber asuntos muy personales de Joaquín; la reciprocidad de la misma, la desconozco. El barman sabía que el difunto disponía de un apartado de correos en la Casa Postal, sita en la misma plaza de la Puerta del Sol. En él no se recibía correspondencia alguna. Amante de su intimidad y consciente de la cantidad de horas que pasaba fuera del domicilio, prefería guardar sus objetos más preciados en ese cajetín. Allí, sus tesoros eran custodiados por el personal de la oficina. Todas las tardes, después de servir las comidas, ponía rumbo al mismo sitio. El lugar dispuesto para estos buzones eran los propios bajos de la oficina postal y, amparado por esa soledad, dedicaba un par de horas a trajinar con sus cosas. Nadie supo nunca el contenido del apartado de correos. Solo él lo sabía. ¡Por fin! El camarero confiesa haberle acompañado en varias ocasiones, pero siempre le pidió que le esperase en el vestíbulo. Por supuesto, esa tarde tardaba muy poquito en volver a subir. Hasta un día, en el cual, quizás, sospechando el funesto destino que le aguardaba, Joaquín quiso advertirle de la importancia de lo atesorado en el buzón. Si algún percance extraño le llegara a pasar, ahí encontraría pruebas de la persona que, seguramente, le provocó el daño y para llegar a ellas le entregó una llave del mismo. La pregunta entonces surgía sola. ¿Por qué entonces no se habló en su día o se habla con la policía? La respuesta me convence: la mañana del asesinato, él fue la última persona en pisar la vivienda antes de que se produjera el crimen. El miedo a ser reconocido por alguno de los vecinos, sumado a estar en posesión de una llave, la cual debía esconder una fortuna en dinero y objetos, fue superior. Además, de todos es conocido el fracaso de la investigación; no ha llegado a desvelar nada en claro y la gente se pitorrea de la incompetencia policial. Un sospechoso de estas características salvaría la reputación de unos cuantos. ¡Ni tan siquiera había sido capaz de ir a comprobar qué se esconde dentro del apartado de correos! Tras rebuscar en uno de los bolsillos de la impoluta chaquetilla blanca, el camarero me ha dejado caer una llave sobre la barra; la misma que le entregó Joaquín. A continuación, con clara intención de zanjar el tema, me informa acerca de la hora. Es el momento de cerrar el café y, por supuesto, estoy invitado. Aun cuando insisto varias veces, me es imposible pagar.
En la calle ya no llueve y, a todo esto, son cerca de las cinco de la madrugada. La ciudad se despierta. Camiones, autobuses, turismos y… taxis. Los desaparecidos taxis de anoche vuelven a aflorar por las calles de Madrid. Subido en uno de ellos, regreso a casa. Estoy impresionado con el relato del camarero; tiene mi palabra de que me volcaré con este caso. Mañana mismo…, bueno, dentro de un ratito, comenzaré a trabajar.
IMG_20200227_171755Al poco de abrir sus puertas, ya me encuentro dentro de la oficina de Correos, sita en la plaza de la Puerta del Sol. Tras observar el número inscrito en la llave, el funcionario no ha dudado en asegurarme que los primeros doscientos buzones numerados fueron trasladados a la central sita en la Plaza de Cibeles. La distancia entre ambas estafetas es corta y llego enseguida. Una vez en el interior del Palacio de Correos, una amable señorita del punto de información me indica hacia dónde debo dirigirme. Según introduzco la llave, me siento nervioso. Está repleto de cosas: relojes, sortijas, sobres de cartas abiertos, un considerable montón de billetes y, debajo de todo, un libro. Al abrirlo, compruebo que las páginas están escritas a mano por el mismo Joaquín; este hombre no venía aquí todas las tardes a cerciorarse del estado de los objetos guardados en el buzón, sino a escribir un diario. Más tarde comprobaría la razón de dejar reflejado su día a día. Sentado en una mesa dispuesta allí mismo, comienzo a leer su contenido.
Efectivamente, en ellas se explica el porqué de lo sucedido y quién, casi con toda seguridad, lo mató. Al parecer, el difunto tuvo una relación amorosa con una de sus sirvientas llamada María. La relación se mantuvo hasta que la desgracia hizo acto de aparición. María queda gravemente herida en un fatal accidente y, entre otro tipo de lesiones, pierde su ojo izquierdo. Su destino depende de una operación a vida y muerte, la cual supera salvando también al niño que lleva dentro, fruto de su relación con Joaquín; ni ella misma sabía que estaba embarazada de semanas. Sin embargo, pasados nueve meses, María muere en el momento del parto. El padre del bebé, aterrorizado por el hecho, decide abandonar al niño en la misma maternidad.
Poco tiempo después, Joaquín, angustiado por el remordimiento, trató de saber del chiquillo. Incapaz de encontrar algún dato acerca de su paradero, cometió el grave error de pedir ayuda a su hermano Carlos. De jóvenes, ambos habían reñido a causa de la herencia del padre y, desde entonces, no volvieron a saber nada el uno del otro. Joaquín apostaría por explorar nuevos horizontes y se estableció en Madrid; en tanto, Carlos prefirió continuar con su vida en el pueblo. Durante estos años de separación, uno de ellos, avalado por una buena reputación, inauguraba un café en el centro de Madrid. El otro, acuciado por las deudas, poco a poco fue perdiendo todos sus bienes. Sin embargo, sabedor de la fortuna cosechada por Joaquín, suficiente para resolver sus problemas económicos, decidió actuar. Si a Carlos antes ya le rondaba la idea por la cabeza, ahora, con la noticia de un hijo abandonado, se le presentaba una oportunidad infalible. El chantaje no se hizo esperar y las cartas, exigiendo el pago de cantidades de dinero cada vez más exageradas, comenzaron a llegar a un atónito Joaquín. En caso de no acceder al pago, Carlos estaba dispuesto a delatarle, tirando así por tierra su intachable reputación. Según dicta el diario, nunca le pagó un real, y Carlos, enfurecido al verse ya con un dinero que no acababa de llegar, optó por obrar de una manera más drástica; contrató tres matones con el fin de darle una paliza a su hermano. Tan severa debió ser la zurra recibida que el pobre apaleado tardó casi un mes en recuperarse de la misma. Durante estos días de reposo, llegó otra misiva. En ella se advertía a Joaquín que la próxima vez la cosa no quedaría solo en sacudirle unos cuantos golpes, iría más allá. El error del remitente: le amenazó por escrito, y de la misma forma descrita en la amenazante carta de Carlos, se encontró el cadáver de Joaquín. Tal carta, firmada y, sin duda, guardada a conciencia en el interior del buzón, la tengo yo ahora mismo en mis manos.
Son muchas las páginas del diario en las cuales he podido leer, de una forma u otra, el arrepentimiento de quien las escribe. Remordimientos por el abandono, por no haber contraído matrimonio con María, por pedir ayuda a su hermano; pero quizás, sintiéndose ahogado por no poder comentar con nadie tanto sufrimiento, Joaquín, al escribir todo eso en estas hojas antes vacías, consiguiera consolar tanta desolación.
De momento, la policía no ha podido detener a Carlos; según se infiere, está en paradero desconocido y nada se sabe de él. Si bien tampoco me han aportado muchos datos acerca del hijo de Joaquín, aseguran haber encontrado un rastro que les conducirá a un familiar cercano.
Dos días después de mi visita al café, ya descansado del trajín surgido a raíz de lo acontecido anteanoche, voy otra vez. Seguramente, el camarero se alegrará de saber toda esta nueva información del caso de su amigo obtenida gracias a él. Es extraño, estoy cerca y no diviso el local. Aunque continúo acercándome, sigo sin verlo. No lo entiendo, esta era la calle, el edificio… y no veo el café por ninguna parte. ¡No puede ser! ¡No, no me lo he pasado! ¡Estaba aquí, justo en esta esquina! En el número once de esta calle, ¡estoy seguro! ¿Entonces…? ¿Y este restaurante? ¿Qué hace aquí? ¡Aquí estaba el café y no ha podido cambiar todo en dos días! ¡Tampoco…, tampoco queda nada del palacio! ¿Dónde está? ¡No hay ni rastro de él! No puede ser… ¡Esto es de locos! Tengo que entrar y preguntar.
El dueño del restaurante me lo ha explicado. En verdad, en este mismo solar existió un café que llegó a gozar de una gran repercusión en la sociedad madrileña de entonces. Derruido, el suelo fue ocupado por unos grandes almacenes que fue dejando paso a tres negocios distintos hasta llegar al restaurante en el cual estamos. El café referido, ¡cerró alrededor de 1909! Varios camareros y clientes del restaurante me han tenido que sentar; tengo el rostro desencajado.
Recuperado, salgo del local dirección a casa; necesito pensar tranquilo. Pero al cruzar la calle, ¡no lo puedo creer!, en el escaparate de la tienda de bolsos, situada al otro lado de la acera, se refleja el café. ¡Está ahí, en el interior del cristal! ¡Veo al camarero! ¡Me hace señas para que vuelva a cruzar y pase de nuevo con él! Incluso, ahora, me está sirviendo una copa de Arecha; me enseña la botella. ¡Diviso también al hombre de la caja! Apoyado en la barra, levanta su copa como si me la quisiera dedicar. No le veo la caja; ha debido reunir el dinero necesario para pagar el entierro del bebé. ¡Cuánto me alegro por él! Y también, ¡cómo no!, el misterioso señor de la capa negra. Permanece en la puerta, quieto en el umbral. Me mira, nos miramos y le entiendo. Sus palabras ahora resuenan en el interior de mi cabeza: “Si otra vez regresas, nunca podrás volver”.” Me da mucha pena porque, aun siendo consciente de lo que son, de dónde tuve la gran suerte de colarme, no puedo ir con ellos porque lo más seguro es que no regresase nunca. Cuánto me encantaría entrar y compartir un ratito de tertulia con ellos. Pero, al parecer, eso ahora no puede ser. Quizás haya que regresar otro día y las circunstancias sean distintas. ¿Quién sabe? No descartemos nada, pues la vida ya sabemos cómo es y cómo se las gasta, y ahora se conoce una puerta de salida, cuando menos, para probar a recomenzar en otra época. De momento, habrá que conformarse con venir y solamente verlos a través de este escaparate.
Además, no puedo perder tiempo, tengo una historia apasionante acerca de un café fantasma por escribir…