La ciudad aparecía desierta. Mérida vivía uno de los inviernos más crudos que se recordaran; el frío obligaba, desde casi el medio día, a encerrarse en casa y dar por terminada la jornada. No obstante, esa noche escondía algo distinto. Un hecho que tanto estremeció a la población que muchos, aún hoy, no se atreven a recordar. El relato ha venido pasando desde entonces de padres a hijos, no sé muy bien si a modo de leyenda con la que amenizar una noche de “sustos” o, quizás, como alerta para quienes gustan de andar por la calle a horas intempestivas.
La sede episcopal emeritense se encontraba en el centro de la ciudad. Nunca, hasta ahora, había dado pie a convertirse en un lugar de habladurías o chismoteos; todo lo contrario. El mutismo de los que allí residían con respecto a lo que pudiese ocurrir en su interior y el sobrio aspecto de sus muros y fachadas, hacían de ella un edificio ajeno a rumor alguno: se sabía que en él residía el Obispo, poco más. Pero en el transcurso de aquella noche, el hoy canonizado San Fidel, obispo de Mérida, irrumpió a gritos desde su cuarto rompiendo el silencio reinante. El religioso reclamaba muy nervioso la inminente presencia de su asistente principal.
El resto de moradores de la residencia, extrañados, solo pudieron observar como el sirviente, saliendo de las dependencias del obispo y portando consigo un pergamino atado con un cordel, se encaminaba presuroso a las caballerizas. Sin responder a las preguntas de sus compañeros, solo se dirigió a estos para ordenarles que raudos, tras cerrar todas las puertas y ventanas del palacio, se ocultasen en uno de los aposentos. Una vez allí, oyesen lo que oyesen, deberían permanecer juntos, encerrados a oscuras y sin abrir la puerta hasta que los primeros rayos de sol hiciesen acto de presencia. Después, tras subirse sobre el lomo del mejor corcel, habitualmente dispuesto para la monta del propio prelado, el turbado criado atravesó las puertas de la morada, despavorido, sin que de nadie fuese conocido ni el destino ni la finalidad de tan insólito encargo.
Cuando ya amanecía, la guardia militar, con su habitual contundencia, llamó a las puertas de la residencia del obispo. Una vez dentro y sin ningún tipo de reparo, depositaron el exhausto cuerpo del sirviente sobre el mismo suelo del recibidor. Sin demora, el resto de trabajadores se dispuso a atenderle; atónitos, le escucharon contar una historia que les dejaría sin palabras: Tras abandonar la sede episcopal, el mensajero dirigió su montura rumbo a una aldea cercana a Mérida, como así se le había sido ordenado. Supuestamente, durante este recorrido se cruzaría con un monje el cual, quieto al borde del camino, esperaba recibir el pergamino que el propio obispo había redactado. El criado no fue capaz de concretar cuantas veces recorrió el trayecto que separaban ambas localidades, mas no debieron ser pocas. Abrumado por no encontrarse con el ansiado monje, decidió volver al palacio y comunicar su fracaso.
Sin embargo, cuando ya estaba por atravesar el puente que da acceso a la ciudad, distinguió como desde la otra orilla dos hileras de luces se aproximaban lentamente hacia él. Sosegó el ritmo de su montura y pocos metros más adelante, pudo apreciar la situación con mayor claridad: se trataba de antorchas que cabizbajas personas, envueltas en hábitos negros, portaban en sus manos. Ya cercano a estas, el caballo se negó a avanzar. Al igual que él, ambas filas de los que aparentaban ser simples monjes detuvieron también su paso. Todos ellos permanecieron inmóviles. Todos, hasta que uno de ellos, partiendo desde los últimos puestos de una de las hileras, recorrió despacio y cabizbajo la distancia que le separaba del jinete. Ya a su altura y tras un tiempo de silencio que le resultaría interminable, el monje levantó la cabeza y despojándose de la capucha dejó ver su rostro. ¡No lo podía creer! Se trataba del propio obispo quien, apenas unas horas antes, le había emplazado a realizar tal entrega. Ahora, parecía un muerto en vida. Pero lo peor estaba por comenzar.
Aún sin que el obispo moviera su boca en ningún momento, el sorprendido jinete escuchó su voz; le rogaba no sintiera pena por el fracaso en la entrega del pergamino. “Llegamos tarde” fue la conclusión del obispo. Aquella última frase sería algo que el mensajero nunca podría olvidar. Después, los encapuchados emprendieron de nuevo su camino. Cuando las dos filas rozaron sus costados, el criado sintió una horrible sensación: un frío como nunca antes había sentido congeló hasta el último de sus huesos. Llegados al final del puente, recorrieron la orilla del río hasta que a la altura de la primera pilastra comenzaron a sumergirse bajo las aguas del Guadiana. Una vez finalizado el relato, varios criados alarmados corrieron hasta las dependencias del obispo; su cuerpo yacía sin vida sentado en la butaca de su despacho y con la cabeza sobre la mesa.
Hace un par de días, comentando con cierta persona, médico de profesión, el viaje que realizamos a la preciosa ciudad de Mérida, me dio a conocer un hecho realmente sorprendente. Un par de meses antes, durante una de las habituales guardias que debido a la falta de personal este doctor debía realizar, fue testigo de los comentarios que un recién ingresado proclamaba a voz en grito. El paciente presentaba un cuadro de estrés agudo como consecuencia, según su propio relato, de una extraña experiencia acaecida sobre el puente romano de la ciudad. Sin titubear juraba y perjuraba un relato impresionante.
Esa noche, cuando se disponía a atravesar el puente rumbo a su domicilio, observó dos extrañas filas de luces desplazándose lentamente desde el extremo opuesto. Dando por hecho que debía tratarse de alguna cofradía ensayando de cara a Semana Santa, prosiguió su camino. Pero a pocos metros de la comitiva, cuando pretendió arrimarse hacia un lado del puente con el fin de no entorpecer el ensayo, sintió una sensación muy extraña. Sus piernas se quedaron clavadas sobre el suelo; no podía moverse. Preocupado, enseguida trató de pedir ayuda a los integrantes de la supuesta cofradía. Pero estos continuaron acercándose con el mismo paso cansino y la mirada fija en el suelo; no atendían a su llamada.
Llegados frente a él, se detuvieron. Sintió como se mareaba, su cabeza desvariaba mientras un violento vértigo le sacudía sin piedad. Durante todo ese tiempo, sin poder resistirse, su conciencia le hizo rememorar aquellas acciones de su vida en las cuales había causado un dolor excesivo a otra persona; eran muchas y lo peor: disfrutaba con ello. Cuando estos recónditos recuerdos cesaron, una voz imposible de definir le advirtió que jamás, se le volvería a perdonar la desagradable actitud de estar siempre pendiente de los errores, las torpezas o los defectos de sus semejantes con la intención de sacar algún tipo de rédito. Incluso, pudiera ser hasta tarde, pues eran muchas las faltas cometidas y la gente dañada.
Una vez que ellos hayan atravesado el puente, recuperará la razón y encontrará un pergamino a sus pies. En él debía escribir el nombre de siete personas; siete personas a las cuales con su cruel actitud dejó marcadas para siempre. No tendrá ninguna dificultad, pues en el momento de ir a escribir sabría de quienes se trataba. Antes del amanecer, caminando por ese mismo puente, se cruzaría con un monje quien tras pedirle el pergamino ya escrito, le establecería la purga con la que limpiar su conciencia. De no obrar así, su alma, pocas horas después, reemplazaría de la siniestra comitiva a uno de esos frailes quedando así condenada a vagar eternamente.
Dicho esto, con la misma calma de antes, la procesión siguió por la orilla y se sumergió en el río hasta desaparecer a la altura de la primera pilastra.
Al volver en sí, el paciente encontró el pergamino entre sus pies. Nada más recogerlo del suelo, recordó a esas siete personas y las malas acciones a las que se refería la voz. Además, llegó a sentir lo que estas víctimas de su despreciable conducta sintieron; resultaban auténticos calvarios. ¡Nunca imaginó el daño que causaba! Pocos momentos después de su relato, a poco de salir el sol, su corazón se detuvo; el paciente había fallecido.
Pero todavía me quedaba por escuchar lo más inquietante de esta historia. Mi amigo no dudó en afirmar que la misma experiencia, que el mismo encuentro con la misteriosa comitiva, se la había escuchado describir con anterioridad a otros pacientes. Seis personas antes, por lo menos durante los años que él lleva ejerciendo como médico en el hospital de Mérida, habían ingresado en urgencias en un estado similar al del enfermo anterior. Todos ellos relataron de manera exacta el mismo suceso. Por si fuera poco, estos cuatro hombres y estas tres mujeres vivieron este episodio el mismo día y en el mismo mes, con la única variante del año; los siete fallecieron del mismo modo.
¿Qué ocurre en Mérida esa noche? ¿Es solo allí dónde desde tiempo atrás y año tras año, una estremecedora comitiva de difuntos se aparece con la intención de ajustar cuentas con nosotros?